UNA SELECCIÓN DE MIS RELATOS MAS ATREVIDOS

miércoles, 21 de mayo de 2014

LA DEUDA PAGADA






El coche se detuvo en el callejón. Muy seria, Marta apagó el motor y se quedó mirando a través de sus gafas de sol la puerta verde que había delante sin despegar las manos del volante. A su lado, sentado en el asiento del copiloto, Carlos no paraba de mirarla, también muy serio.
- ¿Estás segura de que quieres hacer esto…? –le preguntó.
La chica respondió agitando la cabeza en señal de afirmación sin despegar los ojos de la puerta verde.
- Aún estás a tiempo –insistió él –. No tienes por qué hacerlo si no quieres…
- Ya lo hemos hablado –replicó ella –. No hay otra opción.
- Si la hay. Habla con tus padres. Puedes convencerles de que te presten más dinero.
- Ya les he pedido demasiado estos años. Es hora de que dejen de sacarme las castañas del fuego para que pueda sacártelas a ti.
Tras una pequeña pausa incómoda, el chico posó una de sus manos sobre el hombro de la chica.
- No te preocupes… –dijo con voz entrecortada –. Te lo compensaré. Esta es la última vez, te lo juro…
- Ojalá pudiera creerte… –replicó ella de forma seca.
- Esta vez es verdad. Créeme…
La chica respiró hondo antes de contestar.
- Primero terminemos con esto cuanto antes…
Abrió la puerta y salió del vehículo. Carlos la imitó. Tras cerrar el coche con el control remoto se encaminó hacia la puerta seguida por su novio, quién no podía creerse lo que ella estaba dispuesta a hacer para ayudarle. No había duda de que estaba ciegamente enamorada de él.






Como muchas otras veces, le había jurado a Marta que dejaría de apostar en los partidos de futbol. Pero, era una promesa imposible de cumplir. Más aún en un partido como aquel, donde todo el mundo daba por hecho de que ganaría el equipo local ante un equipo que llevaba toda la temporada perdiendo fuera de casa. No podía perder.
El problema era que no tenía dinero con el que apostar. Su sueldo siempre se iba en pagar otras deudas y Marta había cancelado la cuenta conjunta y abierto una propia para proteger lo que quedaba de sus ahorros. Ninguno de los pocos amigos que le quedaban se fiaba ya de él; lo mismo que sus padres y, mucho menos, los padres de Marta.
Así que, cuando un compañero del trabajo le habló de aquellos prestamistas de los que nunca había oído hablar, no dudó en llamarles. Los tipos le prestaron encantados la gran suma que necesitaba para cubrir la apuesta, pero desde el primer momento le dejaron claro lo que le harían si no se lo devolvía antes de plazo fijado. Según le contó su compañero de trabajo, aquellos tipos no eran de romper pulgares, si no de romper brazos y piernas directamente. Era una locura endeudarse con esa gente, pero su corazonada era demasiado grande y la tentación de apostar era aún mucho mayor.
Y, al final, ocurrió lo de siempre. El equipo que no ganaba nunca fuera de casa al final ganó el partido en el último momento. Hubo cierta ayudaarbitral, pero eso importaba poco a los prestamistas, quienes le reclamaban una enorme suma de dinero que no podía pagar.
Intentó por todos los medios conseguir la pasta, pero le fue imposible. Así que, solo unos días antes de que terminara el plazo, llamó a los tipos para pedirles más tiempo. Y, como era de esperar, se negaron en redondo.
No le quedó más remedio que rebajarse y suplicarles y, para su sorpresa, los tipos no le ofrecieron más tiempo, sino cancelar la deuda a cambio de algo. El problema radicaba en que ese algo era Marta.
Por lo visto, a esos tipos les gustaba investigar a la gente con la que hacían tratos y de alguna manera habían conocido a su novia y esta les gustaba bastante. Él no dio crédito cuando la voz al otro lado del teléfono se lo dijo.
- ¡¿Qué?! –preguntó estupefacto –Esto debe ser una broma…
- Nosotros no bromeamos –le respondió la voz del teléfono –. Solo serán unas horas. No te preocupes, no le haremos daño; pero tendrá que prestarse a hacer todo lo que queramos sin rechistar. Si consigues que tu chica acceda, la deuda quedará completamente saldada. De lo contrario, atente a las consecuencias.
Él no podía creer lo que oía, pero no le quedaba más remedio. Si no conseguía que Marta accediera a prestarse a ese sucio juego, se exponía a pasar una larga temporada en el hospital. El dolor físico era algo que siempre le había aterrado. Desde muy joven siempre evitó las peleas y su forma física no era la más adecuada para pelear; los amigos de Marta siempre bromeaban con que ella tenía más músculos que él.
Cuando se lo pidió a Marta, la reacción de ella era la esperaba. Entre rabia y llantos le echó de su apartamento y le dijo que no quería volver a verle. Pero, al día siguiente, le llamó al móvil citándole en un café y, para su sorpresa, ella accedió.
- No me hace ninguna gracia –dijo ella mientras lo miraba con los ojos aún rojos de llorar –, pero anoche lo estuve consultando con la almohada y no puedo dejarte en la estacada en este momento. No podría soportar que te hicieran daño.
Él no se lo podía creer. Sabía que ella estaba tan enamorada de él como para perdonarle en las muchas crisis que tuvieron a causas de sus problemas con el juego, pero jamás pensó que lo estuviera tanto como para sacrificarse de esa manera.


Marta llamó a la puerta con los nudillos y, tras unos segundos –que se hicieron tan largos como horas –, la puerta se abrió, apareciendo tras ella uno de los dos prestamistas.
Era un tipo negro, de piel muy oscura y muy alto. Vestía con unos anchos pantalones deportivos y una camiseta blanca sin mangas con la que lucía unos musculosos brazos, fruto de pasarse muchas horas en el gimnasio. Debía tener entre 27 y 29 años, su cabeza estaba muy rapada y tenía barba de varios días.
El tipo miró a la chica de arriba abajo y sonrió como un zorro al comprobar que habían hecho un buen trato.
Marta era todo un regalo para la vista. Una preciosidad de 24 años, de largos cabellos castaños, piel color marfil y un escultural y voluptuoso cuerpo embutido en una ajustada blusa color celeste, escotada y sin magas, y una falda blanca muy corta con la que lucía dos imponentes piernas.
- Pasad. Mi hermano está esperando dentro…
Se hizo a un lado y Marta y Carlos pasaron dentro.
Aunque, por fuera, el edificio parecía un lugar abandonado y en ruinas, por dentro era un lugar bastante acogedor que apenas se diferenciaba de su apartamento. Los dos jóvenes fueron llevados a una sala de estar bastante enorme, aunque con pocos muebles. Tan solo había una gran Tv-de plasma frente a la cual había un gran sofá y algunos sillones alrededor. Además, en una de las esquinas había una minibarra de bar.
Sentado en medio del sofá se encontraba el otro moreno, que apenas se diferenciaba de su hermano; seguramente, serían gemelos. Vestía unos pantalones cortos de jugar a baloncesto, aunque este no llevaba camiseta e iba a pecho descubierto, dejando ver un peludo torso lleno de músculos y tatuajes.
El tipo se puso en píe y también sonrió como un zorro al ver a la chica.
- Bien… –dijo mientras miraba a la chica de arriba abajo y su sonrisa se volvía más perversa –Veo que has cumplido. Ahora falta ver si ella cumple también.
Sintiendo las lascivas miradas de los dos negros recorriendo su cuerpo, la chica empezó a cubrirse vergonzosamente con los brazos, como si estuviera desnuda.
- Haré todo lo que queráis –dijo con voz temblorosa –. Pero debéis cancelar la deuda…
- Aquí las órdenes las damos nosotros, preciosa –se acercó más a ella –. Las reglas son muy claras. Hasta que mi hermano y yo quedemos satisfechos, harás todo lo que digamos y te prestarás a todo lo que queramos. Si te niegas a cualquier cosa o te echas atrás en el último momento, romperemos el trato y la deuda seguirá en píe con todas sus consecuencias. ¿Entendido…?
La joven asintió con la cabeza y el moreno se volvió hacia Carlos.
- Tú te sentarás ahí –señaló a la minibarra –y disfrutarás del espectáculo. Puedes hacer lo que quieras, taparte los ojos o disfrutar del espectáculo mientras te haces una paja. Me da igual. Pero, si nos interrumpes o nos cortas el rollo, ya sabes lo que te toca. ¿Entendido?
Tembloroso, Carlos asintió a pesar de sentir deseos de escupirle a la cara, agarrar a Marta por un brazo y sacarla de allí a rastras. Pero tuvo que conformarse con agachar la cabeza y sentarse en uno de los taburetes de la minibarra.
Los dos morenos, mientras, comenzaron a girar alrededor de Marta como si fueran dos lobos acechando a una presa herida.
- Si te sirve de consuelo, pequeña –dijo uno de ellos –. No eres la única que ha estado donde estás tú ahora. Otras lo han hecho y se han ido tranquilamente a casa con sus respectivas deudas pagadas una vez cumplen su parte del trato. Así que ya lo sabes, preciosa, por el bien de tu novio, mas te vale que quedemos  muy contentos.






Marta tragó saliva y se puso en una posición que indicaba claramente que podían hacer con ella lo que quisieran. Entonces, los lobos saltaron sobre su presa.
La chica quedó rápidamente emparedada entre aquellos dos enormes cuerpos oscuros. Ambos la besaron compulsivamente en la boca y luego empezaron a recorren su cuello y sus mejillas con sus bocas y sus lenguas mientras sus gigantescas manos toqueteaban todo su cuerpo por encima y por debajo de la ropa.
Todo ello ante los ojos de Carlos, quién observaba impotente la escena.

Tras un pequeño rato magreando a la joven, uno de ellos le indicó que se pusiera de rodillas. Ella obedeció y los dos tipos se colocaron frente a ella. Casi a la vez, se bajaron los pantalones y dos mastodónticas vergas emergieron frente al rostro de la chica, quién las miró boquiabierta.
- Si, preciosa –dijo uno de ellos –. El mito es cierto. Ahora ya sabes lo que tienes que hacer…
Efectivamente, Marta lo sabía muy bien. Así que agarró ambos miembros con sus suaves y pálidas manos. Primero se metió una en la boca y, tras un pequeño rato, se metió la otra y así se fue turnando con mamadas cada vez más largas. Los dos tipos, mientras, gozaban.
- Eso es… –dijo uno de ellos –Esta zorra lo hace genial…
- Estas tías van de recatadas pero, en realidad, son unas zorras… –dijo el otro, quién giró su cabeza y miró a Carlos –. No veas la suerte que tienes…
El chico sintió una rabia tremenda. Aunque, no pudo evitar sentirse excitado por esa escena.
Además, le sorprendió lo bien que se le estaba dando a su novia hacer aquello cuando el sexo oral no era algo que no solían practicar muy a menudo.


Completamente desnudos, los dos tipos se sentaron en el sofá con sus enormes vergas, muy empalmadas y empapadas en la saliva de Marta, apuntando al techo.
Siguiendo las indicaciones que le habían dado poco antes, Marta se colocó frente a ellos y, lenta y sensualmente, se fue quitando la ropa hasta quedar completamente desnuda. Después, se arrodilló frente al sofá y, como si adivinara sus intenciones, agarró la verga de uno de ellos, se la metió entre sus grandes tetas y le hizo una paja cubana. Después repitió la misma operación con el otro.
Luego, uno de ellos se puso en píe, la agarró y la tumbó boca arriba sobre el sofá, abrió mucho sus piernas y hundió su cabeza entre los muslos de la chica, la cual empezó a gemir de placer al sentir la lengua del tipo penetrando en ella. Aunque, pronto sus gemidos se vieron apagados cuando el otro moreno se colocó encima de su cabeza y le metió su gran aparato en la boca mientras esperaba ansioso su turno.
Los dos hermanos se fueron turnando durante un rato hasta que, finalmente, había llegado el momento que tanto ansiaban y uno de los dos se colocó encima de la chica.




Marta abrió mucho los ojos y la boca, de la que salió un enorme alarido, mezcla de dolor y placer, al sentir aquella cosa enorme y dura penetrándola. Los tipos le habían dejado la entrepierna muy lubricada pero, aún así, aquella verga era demasiado grande.
El tipo se tiró un buen rato montándola mientras su hermano, de píe junto a ellos, observaba la escena masturbándose hasta que le tocó el turno. Aunque, en lugar de montarla, se tumbó boca arriba y la chica se sentó sobre él y empezó a cabalgarle, lo cual aprovechó el otro para sobar a la chica en medio de las cabalgadas.
Tras un rato turnándose para follarla, vieron que llegó el momento de subir la fiesta a un nivel mayor y la colocaron a cuatro patas sobre el enmoquetado suelo. Los gritos de la chica fueron aún mayores y sus ojos parecía que se iban a salir de las órbitas al sentir aquellas enormes vergas perforando su ano.
Carlos, que nunca había tenido ese privilegio con su novia, observaba la escena entre excitado e indignado.


Tras un buen rato turnándose para encularla, los morenos decidieron dejar de lado los turnos y follarse a la chica a la vez. Tumbado boca arriba en el sofá, uno de ellos follaba a la chica, que estaba tumbada encima de él boca abajo, mientras el otro, tumbado también boca abajo sobre la chica, la enculaba.
Emparedada entre esos dos cuerpos oscuros, como si de la crema de una galleta Oreo se tratase, la chica reemplazó sus gemidos mezcla de dolor y placer por alaridos enormes que inundaron toda la habitación y, seguramente, todo el edificio.



Había llegado ya el final.
Los dos morenos habían resistido una barbaridad –Carlos llegó a creer que no eran humanos –, pero ya no podían más; sus vergas iban a estallar en cualquier momento y no podían permitirse dejar preñada a una chica blanca.
Rápidamente, se pusieron de píe y encañonaron con sus aparatos a la chica, que se encontraba tumbada boca arriba en el sofá exhausta y sudorosa. Las vergas reventaron y, como si de dos mangueras se tratasen, vomitaron semen sobre el cuerpo y la cara de la chica, dejándola completamente empapada.
Exhaustos, sudorosos y entre jadeos de cansancio, los dos tipos se miraron, sonrieron y chocaron sus manos en plan colegas.
Carlos, al ver que todo había terminado, se acercó a ellos.
- Bueno, ya habéis quedado satisfechos. Ahora debéis cancelar la deuda.
Entonces, para sorpresa del chico, los dos morenos empezaron a reírse con grandes carcajadas. La perplejidad de Carlos aumentó cuando Marta se incorporó y también empezó a reír.
- Como te lo has tragado todo, pardillo –dijo uno de ellos entre risas.
- Si, parece que no se nos da mal lo de actuar –dijo el otro, también entre risas –. Deberían darnos el oscar.
Carlos empezó a mostrarse molesto.
- ¿Se puede saber que está pasando aquí? –bramó.
Las risas empezaron a apagarse. Marta, completamente desnuda y cubierta de sudor y semen, se puso seria, se levantó del sofá, colocándose entre los dos morenos.
- Permite que te presente. Son Héctor y Narciso. Trabajan de monitores en el gimnasio al que voy y somos muy buenos amigos.
- Y ahora algo más… –dijo uno de ellos con una sonrisa de complicidad.
Carlos abrió los ojos como platos.
- No… No son prestamistas…
Marta negó con la cabeza.
- De hecho, el dinero que te prestaron era mío y es a mí a quién se lo tienes que devolver. Pero, tranquilo, te daré más tiempo. En tu nueva situación te va a ser difícil hacer frente a una deuda tan grande.
- ¿A qué te refieres…?
Marta lo miró fijamente antes de contestar.
- Para tu información. Todo este numerito es una forma original de decirte que te estoy mandando a la mierda. Ya no quiero volver a verte más. Ni te molestes en volver a mi apartamento, ahora mismo están cambiando las cerraduras y sacando tus cosas; uno de los pocos amigos que aún te quedan, el que se ofreció a ayudarme con esto, se ha ofrecido a guardártelas por un tiempo en su trastero.
Carlos no daba crédito a lo que oía. Por un momento, creyó que estaba soñando.
- Pero ¿por qué…? –dijo con voz temblorosa –. Pensaba que me querías…
- Si, te quería mucho. Tanto que estaba dispuesta a tolerar tus continuos problemas con las apuestas. Pero lo que no voy a tolerar es que, encima, te folles a tus compañeras de trabajo.
Carlos se quedó paralizado, sin atreverse a mover un solo músculo. No sabía cómo, pero Marta había descubierto su “otro gran vicio”.  Él estaba enamorado de Marta, pero nunca le gustó la vida monógama.
- Tú lo sabías…
Marta asintió.
- Lo descubrí hace un mes, cuando volví antes de lo previsto de aquel viaje a Londres en el que estuve por trabajo.
- Pero… Si lo descubriste hace un mes, ¿por qué has seguido siendo mi novia hasta ahora…? ¿y por qué has organizado todo esto?
Marta sonrió maliciosamente.
- Porque no te merecías solo que rompiera contigo. Tenía que tomarme mi venganza. Y ellos –señaló a los morenos –se ofrecieron a ayudarme.  Siempre solían tirarme los tejos en el gimnasio y más de una vez me propusieron montarnos un trío. La idea me atraía, no te voy a mentir, pero mi amor por ti siempre me había frenado hasta ahora. Pero, en cuanto supe lo cabrón que eras, no dudé en aceptar cuando volvieron a proponérnoslo.
Carlos volvió a abrir los ojos como platos.
- Ya habéis hecho esto otras veces…
- No lo sabes tú bien… –dijo uno de los morenos irónicamente.
- Llevamos viéndonos desde hace dos semanas –continuó Marta –. Este suele ser nuestro picadero; pero creo que no lo vamos a necesitar más ahora que mi apartamento va a quedar libre.
Carlos se quedó atónito. A pesar de sus continuas infidelidades, se sintió traicionado y un fuerte sentimiento de rabia creció en él.
- ¡Eres una zorra!
Se abalanzó sobre Marta con intención de golpearla, pero los dos morenos se colocaron frente a él cortándole el paso. Carlos estaba tan ciego de rabia que olvidó que era más débil que aquellos tipos y descargó un puñetazo contra el estómago de uno de ellos. Pero el puño chocó contra un vientre tan duro que parecía un muro de hormigón y el chico creyó que se había roto la mano. Automáticamente, cayó al suelo frotándose la mano y quejándose de dolor.
Marta meneó la cabeza.
- Eres patético –miró a los morenos –. Me voy a dar una ducha, vosotros acompañarle a la salida.
- A la orden –dijo uno de los morenos con una maliciosa sonrisa. Luego le hizo una señal al otro, quién levantó a Carlos cogiéndole de un brazo y empezó a arrastrarle hacia la salida.
- ¡Marta! ¡Por favor! –suplicó mientras le arrastraban –. Todavía te quiero… Dame otra oportunidad… Esta vez no te fallaré…
Marta se quedó unos segundos pensativa.
-Esperad –dijo Marta bruscamente.
Los dos morenos, perplejos, se detuvieron a pocos centímetros de la puerta, pero sin soltar a Carlos.
Todos miraron a Marta, que fue hacia su bolso, el cual había dejado sobre uno de los sillones. De él sacó un billete y fue hacia donde estaba el que había sido su novio.
- Toma –le dijo a Carlos mientras le entregaba el billete –. Para que puedas tomar un taxi, ya que no pienso llevarte de vuelta en mi coche.
Acto seguido, le hizo un gesto a sus amigos y estos salieron de la habitación llevando a Carlos a rastras, quién seguía gritando y suplicando; súplicas que cayeron en saco roto.


Fuera, la puerta verde se abrió y Carlos salió despedido varios metros. Desde el suelo, miró a la puerta, donde los dos morenos lo miraban sonrientes.
- Ahora lárgate, escoria –dijo uno de ellos.
- Y más te vale mantenerte alejado de Marta. Porque, entonces, iremos a por ti y no seremos tan delicados.
La puerta verde se cerró y Carlos se quedó solo en el callejón. Derrotado, no le quedó más remedio que irse de allí cabizbajo.



EPÍLOGO



Un buen rato después, uno de los morenos, aún desnudo, veía la Tv acomodado en el sofá. Mientras el otro, también desnudo, se preparaba dos Martinis en la minibarra.
Marta salió del cuarto de baño con su empapado cuerpo envuelto en una toalla mientras con otra más pequeña se secaba el pelo. Fue a la barra y el moreno le entregó uno de los Martinis.
- Gracias –dijo mientras cogía la copa, a la que dio un sorbo antes de continuar –. ¿Habéis recuperado ya fuerzas…?
El moreno asintió.
- Listos para otro asalto. ¿Cuándo empezamos…?
- En cuanto llegue.
- ¿Crees que vendrá…? –preguntó el otro moreno mientras se levantaba del sofá apagando la Tv con el mando a distancia.
- Más le vale.
Uno de los morenos no parecía muy conforme.
- ¿Crees que es necesario? Ya te has vengado de tu ex. Y ella no es la única chica con quién te engañó.
- Lo sé. Pero la vi follando con él sobre mi cama y oí como se burlaba de mí; incluso me llamó pardilla. Pues bien, veremos quién es ahora la pardilla.
Unos golpes sonaron en la puerta en esos momentos y los dos morenos se pusieron sus pantalones casi al instante. Uno de ellos fue a abrir y a los pocos segundos entró en la habitación acompañado de una preciosa joven de 20 años, de largos cabellos rubios y figura esbelta que lucía con un ajustado vestido rosa.
La chica, muy nerviosa y algo asustada, miró de reojo a los dos morenos y luego fue hacia Marta, quién la miraba con una maliciosa sonrisa.
- Veo que has venido…
- No me queda más remedio –dijo la chica resignada –. Si no pago el alquiler mañana me echan de mi piso y estoy sin blanca.
- No debiste haberle prestado todo ese dinero a Carlos. Siempre jura que te lo devolverá, pero jamás vuelves a verlo.
La chica la miró con un brillo en los ojos.
- Me dijo que iba a romper contigo…
- Pues he sido yo quién ha roto con él. Así que ya es todo tuyo.
- Ya no quiero volver a verle.
-Me alegro por ti. Pero, ahora no es momento de hablar de eso –fue hasta su bolso y de él sacó un sobre. Luego regresó donde estaba la chica y le dejó ver el contenido. La joven arqueó las cejas al ver los fajos de billetes de 100 que había dentro –. Con esto podrás pagar el alquiler de varios meses; y hasta te sobrará para comprarte algo bonito.
Cerró de nuevo el sobre y lo dejó sobre la minibarra. Desde allí se volvió y miró a la chica fijamente.
- Ya te dejé claro cuando hablamos la última vez lo que tienes que hacer si quieres conseguirlo. Solo será una vez y nadie se enterará. Si no estás conforme, eres libre de irte. Pero no pienso darte una segunda oportunidad. Así que, ¿qué decides…?
La chica, temblorosa, se lo pensó unos segundos. Miró el sobre y, finalmente, tomó una decisión.
No le hizo falta contestar. Cuando se bajó la cremallera del vestido y lo dejó caer al suelo, mostrando su escultural cuerpo desnudo –ya que  no llevaba ropa interior –, Marta supo que había ganado y su venganza iba a estar completa.
Los dos morenos también captaron el mensaje y se colocaron a ambos lados de la joven, a la que empezaron a besar, acariciar y lamer de una forma muy compulsiva mientras Marta observaba la escena muy excitada mordiéndose el labio inferior.
- Calma chicos –dijo –. No os la comáis entera. Tiene que quedar algo para mí…
La chica abrió los ojos como platos cuando vio a Marta quitándose la toalla mientras avanzaba hacia ella.



FIN










jueves, 19 de diciembre de 2013

MI ENEMIGA





Sonia era odiosa. Desde que llegó al instituto no paraba de hacerle la vida imposible a Elena. También se metía con otros, pero parecía tenerla tomada con ella especialmente.
Lo peor es que no se podía hacer nada contra esa chica.
Para los padres y los profesores era una alumna modelo que venía de buena familia, sacaba buenas notas y participaba en las actividades extraescolares. No veían el mal que había en ella ni como disfrutaba haciendo daño a los más débiles.
Luego tenía a los chicos engatusados y estos hacían todo lo que ella quería como esclavos sumisos con la esperanza de poder tirársela algún día y cada vez mas chicas la admiraban y se unían a su grupo de amigas, el cual parecía más un ejército que controlaba el instituto como si de un estado totalitario se tratara.
Por suerte, Elena acababa de comenzar su último año de instituto y ya no volvería a verla cuando se fuera a la universidad. Pero todavía le quedaba un curso entero aguantándola, el cual no se presentaba nada agradable.
Aunque, lo peor estaba por llegar.




Todo comenzó cuando las dos fueron elegidas para organizar la fiesta de Halloween. Desde hacía varios años, cada 31 de octubre el instituto celebraba una gran fiesta centrada en esa festividad y cada año dos chicas eran elegidas por sorteo para organizarla. Y ese año le tocó a Sonia, que adoraba esa fiesta, y a ella, lo cual la iba a obligarla a pasar mucho tiempo con su gran enemiga.


Los primeros días fueron terribles. Sonia se tomaba muy en serio aquello y era muy dura con Elena cuando esta cometía algún fallo por pequeño que fuera. Para Elena cada día era un infierno, y todavía le quedaban dos semanas por delante aguantándola. Ya no podía soportarlo más, pero no podía retirarse porque le bajarían la nota y no podía permitírselo.
Un día se reunió en la cafetería del instituto con su habitual grupo de amigos, que lo formaban tres chicas y dos chicos, para intentar buscar una solución. Uno de ellos vivía en el mismo vecindario que Sonia y sabía cosas de ella.
Según les contó, Sonia era una gran creyente en todo lo relacionado con los sucesos paranormales. Siempre estaba viendo programas de Tv y leyendo libros y revistas relacionados con la parapsicología y creía mucho en los fantasmas y espíritus; incluso se decía que organizaba sesiones de ouija con sus amigas en el desván de su casa.
- No me extraña que le guste tanto Halloween –dijo una de las chicas del grupo.
- Pues yo creía que era porque es una bruja –dijo otra.
Elena, en cambio, escuchó atentamente lo que su amigo contaba mientras en su cabeza trazaba un plan para vengarse de una vez de Sonia.


Primero hicieron correr el rumor de que en el sótano de la casa de Elena se produjeron unos asesinatos sin resolver muchos años atrás –mucho antes de que su familia se trasladara allí –y, desde entonces, se escuchan misteriosos ruidos que salen de ese mismo sótano; rumores que se asegurarían de que llegaran a oídos de Sonia. Cuando esto ocurriera, Elena la citaría en su casa con el pretesto de hablar de la fiesta. Antes, dejaría la puerta trasera abierta, la cual daba directamente al sótano, para que, cuando la tuviese distraída, entraran sus amigos y, tras apagar las luces, le montaran un espectáculo con disfraces y efectos especiales del taller de teatro que jamás iba a olvidar.
Lo tenían todo planeado.
Una noche en la que sus padres estarían fuera y no regresarían hasta tarde fue la elegida. Elena llamó a Sonia por teléfono y la citó en su casa. Dejó la puerta de atrás abierta y, cuando Sonia llegó, la hizo bajar al sótano para enseñarle algo novedoso que había hecho para la fiesta.
Entonces empezaron los problemas.
Elena recibió un mensaje en su móvil de una de sus amigas diciéndole que les había surgido un imprevisto e iban a tardar en llegar con el material, por lo que tenía que convencer a Sonia para que se quedara más tiempo. Lo único que se le ocurrió fue decirle que aún no le habían traído esa cosa tan importante que tenía que enseñarle y le pidió que esperara un poco más.
Entonces, Sonia sonrió de una forma maliciosa y la miró fijamente de una manera que hizo que a Elena se le pusiera la carne de gallina.
- Deja de mentir, tontuela –dijo –. Sé muy bien para que me has traído aquí...
Elena se estremeció. Estaba tan muerta de miedo que no se atrevió a mover un solo músculo del cuerpo. Si Sonia había descubierto sus planes estaba perdida. Aquella chica era más alta y más fuerte que ella. Encima, era atlética y practicaba kickboxing, por lo que tenía todas las de perder si le daba por empezar una pelea.
Se le acercó unos pasos hasta colocarse frente a ella y alzó una de sus firmes manos. Elena cerró con fuerza los ojos y se preparó para recibir el primer golpe. Sin embargo, en lugar de un puñetazo o una bofetada, lo que sintió fue la yema de los dedos de ella acariciando tiernamente una de sus mejillas.
- Al principio no lo creía –continuó Sonia –pero ¿para qué tanta insistencia en que viniera y ahora que me queda una noche que estás sola en casa…?
Perpleja, Elena abrió los ojos y miró a Sonia, que seguía sonriendo. Su sonrisa seguía teniendo un tono malicioso, pero se había vuelto más cálida y sexy.
Elena no entendía nada. Entonces, Sonia la agarró del mentón.
- No creía que a ti también te fuera este rollo, pero me alegro mucho de equivocarme… -dijo antes de besarla apasionadamente en los labios.
Elena no podía creerse lo que estaba sucediendo; por unos momentos creyó que estaba soñando. Pero lo que más le sorprendió es que ese beso no le producía asco ni repugnancia ni ninguna otra sensación desagradable; al contrario, le estaba gustando y, además, excitando.
Cuando terminó de besarla, Sonia se la quedó mirando fijamente con su sonrisa y Elena le devolvió la mirada. Por primera vez, empezó a mirar de forma diferente a esa chica de bello rostro, penetrantes ojos verdes y largos cabellos tan negros como la noche. Por un momento deseó que la besara otra vez.
No obstante, rápidamente quiso apartar esos pensamientos de su cabeza. Esa chica seguía siendo su enemiga, la misma que le había estado amargando la existencia, y quería vengarse de ella. Sin embargo, pronto otros pensamientos empezaron a entremezclarse en su cabeza; pensamientos más sucios y calenturientos que hicieron que un sudor frío empezara a recorrer su cuerpo y a sentirse muy húmeda entre las piernas.
Retrocedió unos pasos alejándose, pero su espalda dio con la pared y Sonia pronto la arrinconó.
- No te hagas la tímida ahora... –dijo con tono provocativo mientras acariciaba sus rojizos y amelenados cabellos –no voy a comerte; a menos que tú quieras, claro...
Elena quiso quitársela de encima de un empujón, pero no pudo. No porque sus débiles brazos no hubieran podido a penas moverla unos centímetros, sino porque algo dentro de ella la impedía moverse.
Sonia volvió a besarla y después pasó sus labios por su cuello mientras sus manos acariciaban su cuerpo alcanzando sus puntos más sensibles. Elena, cada vez mas excitada, ya no podía resistirse más. Deseaba poseer a esa chica tanto como esa chica la deseaba a ella. Sus defensas cayeron como fichas de dominó y se entregó por completo a su enemiga.




Estuvieron un pequeño rato jugueteando las dos, con sus cuerpos muy juntos y sus manos y sus bocas entrelazadas. Finalmente, Sonia empezó a hablar.
- Este sótano parece muy incómodo. Qué tal si subimos a tu cuarto...
Elena asintió ansiosa. Le dijo que subiera ella primero y la esperara allí, ya que tenía que hacer antes una cosa.
- No tardes mucho... –dijo Sonia guiñándole un ojo mientras subía las escaleras para dirigirse al dormitorio de Elena, el cual sabía muy bien donde se encontraba, ya que había estado allí las otras veces que había ido a esa casa por los preparativos de la fiesta.
Una vez sola, Elena corrió hacia la puerta trasera. Aliviada, comprobó que sus amigos aún no habían llegado y la cerró rápidamente. Era la señal de abortar. Cuando sus amigos vieran que la puerta no estaba abierta, sabrían que la misión se había ido al garete y se largarían de allí. Después apagó su móvil, por si alguno de sus amigos trataba de contactar con ella para saber que ha pasado, y, ansiosa, empezó a correr escaleras arriba.


Al llegar a su cuarto se sorprendió antelo que vio.
Sonia se encontraba tumbada de lado sobre su cama completamente desnuda en una posición muy provocativa. Elena se quedó boquiabierta. Vestida, aquella chica era una preciosidad, pero desnuda, era una auténtica diosa.
- Yo ya estoy preparada -dijo Sonia con voz seductora mientras la miraba ardientemente con sonrisa felina –, ahora te toca a ti...
Captando en seguida el mensaje, Elena se quitó la blusa naranja y los vaqueros que llevaba puestos. Luego se quitó el sujetador, dejando a la vista sus pechos, más pequeños que los de Sonia, pero muy hermosos y jugosos; de hecho, Sonia los devoraba con la mirada.
Cuando se quitó las bragas y se quedó completamente desnuda, Sonia le indicó que se acercara. Elena obedeció y se acercó a la cama, sentándose en el borde. Sonia se incorporó y se sentó junto a ella mirándola fijamente.
- Que bonita eres. Me fijé en ti desde el primer día, pero jamás pensé que llegaría a tenerte.
Elena le devolvió la mirada con un brillo en los ojos.
- ¿Por eso me has estado haciendo tanto daño...?
A Sonia no le gustó ese comentario, pero no dijo nada y continuó manteniendo su sonrisa porque sabía que ella tenía razón. Desde el primer momento, se sintió atraída por Elena. Sin embargo, nunca tuvo esperanzas de que ella la correspondiera. Pensó que era la típica chica recatada que la rechazaría sin dudarlo; encima con desprecio. Ya le había ocurrido con otras chicas en su anterior colegio y esas experiencias la habían llevado a ser la tiránica líder que era ahora. Sin embargo, no pudo acabar así con su frustración, la cual descargó con Elena haciéndola sufrir constantemente.
Muy arrepentida, Sonia se maldijo en esos momentos por haber estado tan equivocada y haberla juzgado mal.
- Lo sé, he sido una auténtica hija de puta -le dijo mientras la acariciaba tiernamente -. Pero no te preocupes, te lo voy a compensar… -empezó a darle pequeños besitos en el cuello, interrumpiéndose de vez en cuando para hablar –. Ya no vas a volver a tenerme miedo… porque vas a estar bajo mi protección… A partir de ahora voy a cuidar de ti… y vas a estar muy mimada…
Finalmente, volvió a besarla larga y apasionadamente en los labios y Elena le devolvió el beso, cayendo las dos sobre la cama fundidas en un cálido abrazo lleno de sensuales caricias.


Sonia hizo que Elena se tumbara en la cama boca arriba y ella se colocó encima. Continuó besándola un rato antes de empezar a pasar su lengua por el suave y pecoso cuello de la chica pelirroja, quién gozaba con los ojos cerrados, y poco a poco fue bajando hasta llegar a sus pechos, los cuales devoró. Después, continuó recorriendo el cuerpo de la chica con su lengua, la cual bajó por su vientre hasta llegar a su entrepierna. Sin dudarlo, agarró con fuerzas sus muslos y los separó bien antes de sumerger la cabeza entre ambos.
Elena abrió mucho los ojos y la boca al sentir la lengua de Sonia penetrar en ella, encontrando por experiencia sus puntos más sensibles, y sus gemidos inundaron toda la habitación.


Sonia besó a Elena con su boca empapada en los fluidos de la joven, quién estaba cada vez mas excitada, con sus muslos totalmente empapados y su entrepierna convertida en un volcán. Sonia la dejó juguetear todo lo que quiso con su cuello y sus grandes tetas antes de coger su cabeza, agarrándola de su roja melena, y meterla entre sus piernas.
La lengua de Elena era más torpe que la suya y se notaba que tenía menos experiencia, pero aún así hizo pasar a Sonia un buen rato.
Luego la hizo tumbarse en la cama otra vez boca arriba.
- Dejemos ya los aperitivos –dijo con una sonrisa diabólica –. Empecemos con el plato fuerte...
Entonces, introdujo su mano libre entre las piernas de Elena, quién volvió a gemir de placer cuando sintió aquellos firmes dedos penetrándola. Primero fue solo el dedo índice, pero luego Sonia fue introduciendo uno a uno los demás dedos. Elena empezó a revolverse, pero el fuerte brazo de Sonia la mantenía pegada a la cama.
Finalmente, toda la mano de Sonia quedó dentro, haciendo parecer su antebrazo un gran pene que penetraba a Elena, cuyos gemidos se habían transformado en enormes alaridos mezcla de dolor y placer.




Exhausta, con su desnudo cuerpo completamente empapado en sudor, su vagina muy abierta y la mirada fija en el techo, Elena se recuperaba del momento que acababa de vivir, un momento para el que no se encontraba preparada porque jamás había sentido algo igual; ni cuando perdió la virginidad había sentido algo semejante. Sonia parecía una experta en dar placer y sus manos parecían tener un toque mágico. Ya no sabía que pensar de ella, si seguir viéndola como una arpía o como un ser maravilloso. Su cabeza estaba hecha un lío, ni tan siquiera sabía si le gustaban las chicas o solamente le gustaba Sonia. Lo único que tenía claro es que ahora le gustaba estar con ella.
En esos momentos, la chica que hasta esa noche había sido su enemiga se encontraba tumbada de lado junto a ella, devorando con glotonería los fluidos de su mano.
- No ha estado mal para ser tu primera vez con una chica ¿verdad...?
- ¿Como sabes que ha sido mi primera vez...? -preguntó Elena entre jadeos.
- Se muy bien cuando estoy con una novata...
Elena giró la cabeza para mirarla con una amplia sonrisa.
- Ha sido maravilloso. Me encantaría repetirlo...
Entonces, casi de un salto, Sonia se colocó encima de ella, mirándola de nuevo con su diabólica sonrisa.
- Pues esto solo acaba de comenzar. Aún me quedan muchas más cosas que enseñarte...
Elena estaba ansiosa por repetir, pero pronto un temor se colocó entre los calenturientos pensamientos de su cabeza.
- Espera -dijo-. Mis padres pueden volver en cualquier momento. No me quiero ni imaginar lo que me harían si nos pillan en plena faena.
- Deberíamos hacerlo en mi casa. La puerta de mi dormitorio tiene pestillo y a mi madre no le importa que cierre la puerta cuando estoy con otra chica; ella no sospecha nada, ya sabes... –le guiñó un ojo.
- No está mal. Pero no vamos a ir a tu casa a estas horas.
Sonia miró hacia la puerta abierta del dormitorio, la cual dejaba ver la puerta, también abierta, del cuarto de baño.
- Entonces, seguiremos en la ducha. Será más divertido ahí.
Elena arqueó las cejas.
- ¿Hablas en serio...?
Sonia volvió a mirarla, esta vez con una sonrisa de complicidad.
- Se nos hizo tarde con los preparativos de la fiesta y me invitaste a quedarme a dormir. Decidimos darnos una ducha antes de ir a la cama y preferimos ducharnos juntas para ahorrar agua. ¿Que te parece la coartada...?
Elena sonrió entusiasmada.
- Me parece perfecta...




FIN










lunes, 2 de septiembre de 2013

EXTRAÑOS EN CASA







La casa debía haber estado vacía.
Ted y su socio, Angus, habían estado meses planificando aquel golpe y, tras tantear las casas de aquella lujosa urbanización, habían escogido aquella cuyos dueños se iban de la ciudad y estarían fuera todo el fin de semana, dejando aquella casa a su merced, ya que Ted era un experto en desconectar alarma –estuvo mucho tiempo trabajando en una empresa de seguridad instalando alarmas como esa –y, sobre todo, forzar puertas.
Así que, aquella noche se introdujeron en la casa y lograron un muy suculento botín. Angus abrió la caja fuerte, su especialidad, mientras que Ted se hacía con un buen lote compuesto de joyas, piezas de oro y cuberterías de plata.
Al final, llenaron dos bolsas de viaje de color negro con todo lo que había conseguido Ted y los fajos de billetes de 500 euros que había dentro de la caja fuerte.
– No se nos ha dado mal la noche –dijo Ted satisfecho mientras cogía una de las pesadas bolsas y se la cargaba al hombro.
Angus se cargó la otra bolsa y los dos se dispusieron a irse.
Pero, en esos momentos, un ruido proveniente del piso de arriba llamó la atención de los dos ladrones, que dejaron las bolsas en el suelo y corrieron escaleras arriba hacia el lugar donde había provenido el ruido. Los dos se colocaron junto a la puerta del dormitorio de la hija mayor, el cual no habían revisado creyendo que no había nada de valor en él. Otro ruido salió de dentro de esa habitación.
Maldiciéndose entre dientes, Ted sacó su pistola y se bajó el pasamontañas hasta cubrir todo su rostro y Angus hizo lo mismo con el suyo; era vital que nadie les viera la cara. Ted dio una patada a la puerta y los dos irrumpieron en la habitación.
La sorpresa de ambos fue general al encontrar dentro, sentada en la cama, a una preciosa joven. Era rubia, con sus largos y dorados cabellos recogidos en dos coletas, su piel era color marfil y no era muy alta, pero poseía un cuerpo escultural y voluptuoso que lucía con su indumentaria, compuesta por una falda muy corta de color blanco y una ajustada y escotada blusa de color rosa.






La chica los miró a los dos aterrada y su miedo aumentó cuando Ted la encañonó con la pistola.
– ¿Que haces aquí? –le preguntó bruscamente.
– Solo me escondía... –dijo la joven entre sollozos –. Estaba viendo la tele cuando os oí entrar...
– ¿Por que estás aquí? ¿Deberías estar de viaje con tu familia?
– Estoy castigada... Mis padres me encontraron un paquete de tabaco en el bolso y me obligaron a quedarme aquí...
– ¿Hay alguien mas en la casa?
– No. Estoy completamente sola... Los criados no viven aquí y mis padres me prohibieron expresamente no traer a nadie...
Ted se quedó completamente en silencio con la mirada fija en la chica mientras la seguía encañonando con la pistola. La chica estaba cada vez mas aterrada, todo su cuerpo temblaba y sus ojos se humedecían cada vez mas.
– Por favor... No me hagan daño... Llévense lo que quieran y váyanse... No le diré nada a la policía... Ni tan siquiera les he visto las caras...
– Seguro que esa zorra llama a la poli en cuanto nos vayamos –dijo Angus –. Déjala K.O. con la culata de la pistola; para cuando despierte ya estaremos muy lejos.
Ted no le hizo caso y con los ojos fijos en la chica. Pronto, un perverso pensamiento se cruzó por su cabeza y una maliciosa sonrisa se dibujó en su rostro debajo del pasamontañas. Aunque no podía verla, la joven pareció sentirla y su piel se erizó.
Él era un ladrón, no un violador, y no era de los que retrasaban un trabajo por pasar un buen rato en compañía femenina. Pero siempre había sentido un cierto odio y desprecio por las niñas ricas. Esas niñatas prepotentes que se pasean por la vida creyéndose que el mundo es suyo mientras viven en sus castillos de azúcar creyendo que el mundo es colo de rosa.
Solo le bastó echar una ojeada a ese dormitorio con las paredes pintadas de rosa y adornadas con posters de Justin Biever y el protagonista de Crepúsculo para saber que estaba ante una de esas zorras. La de veces que le habría dicho a su madre que se iba a quedar a dormir en casa de una amiga cuando, en realidad, lo que pensaba hacer es ir a un bar de mala muerte vestida de zorrón para liarse con el primero que la invitase a una copa.
La de veces que había deseado coger a una de ellas y darle una buena lección. Y, precisamente, en esos momentos tenía a una de ellas a su total merced. Era una oportunidad demasiado jugosa para dejarla escapar.
– Por favor, tío –dijo Angus fastidioso adivinando las intenciones de su socio –. Yo también lo estoy deseando, pero tenemos que irnos ya.
– ¿Para que tanta prisa, amigo? –dijo Ted con una voz maliciosa –. Todavía queda mucha noche por delante...
Guardó la pistola en la parte trasera del cinturón y se acercó mas a la chica, a la que cogió del cuello. Ted parecía un gigante al lado de ella y su mano era tan fuerte y el cuello de la joven tan delicado que, de haber querido, lo hubiera roto como una rama seca con un solo movimiento de sus dedos.
La chica, con los ojos muy abiertos, se quedó completamente paralizada.
– Voy a dejar las cosas claras, pequeña. Esto va a ocurrir, quieras o no. Te aconsejo que seas buena y hagas todo lo que te digamos y esto será para ti menos doloroso y podrás contarlo mañana a tus amigas. De lo contrario –volvió a sacar la pistola con su mano libre y la encañonó de nuevo –, cuando tus padres regresen encontrarán el cadáver de su niñita aquí mismo con una bala en la cabeza después de haber pasado la noche mas dolorosa y repugnante de su vida ¿Entendido...?
La chica asintió con la cabeza.
Ted la soltó, retrocedió un par de pasos y se bajó la cremallera del pantalón.
Los ojos de la joven se abrieron como platos al ver la empalmada verga del tipo aparecer ante ella y acercarse cada vez mas a su cara y su boca.
Ella empezó a retirarse, pero él la volvió a encañonar con la pistola.
– Ya sabes lo que tienes que hacer, preciosa –amartilló el arma –. Y cuidadito con lo que haces...
Resignada, la chica agarró el miembro y se lo metió en la boca, la cual puso a trabajar para darle aquel tipo lo que deseaba. Bajo el pasamontañas, una amplia sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Ted.
– Eso es, pequeña... –dijo mientras gozaba –. Se nota que sabes lo que haces... Algo me dice que ya lo has hecho mas veces... Seguro que en el instituto ya se la has chupado a mas de uno... Al capitán del equipo de fútbol... o al delegado de la clase... Y hasta puede que se lo hayas hecho a algún profesor para que te subiera la nota...
No muy lejos de allí, cerca de la puerta, Angus comtemplaba la escena. Ted giró la cabeza para mirarle con una sonrisa de complicidad.
– Vamos, tío. No sabes lo que te estás perdiendo.
No estaba muy de acuerdo en que su socio pusiera en peligro aquel trabajo por tirarse a una niña pija pero, ya que no podía evitarlo, no dudó en unirse a la fiesta, ya que, al igual que su amigo, también había deseado follarse a esa zorrita nada mas verla.
Finalmente, se encaminó hacia la cama y se puso junto a Ted. Agarró una de las suaves manos de la chica por la muñeca y la colocó sobre su paquete.
La joven pareció adivinar lo que quería y enseguida empezó a acariciar el enorme y duro bulto por encima del pantalón antes de bajarle la cremallera y sacar su verga, la cual empezó a masturbar.
– ¡Esta zorra aprende rápido!
– Si –dijo Ted –. Estas niñatas van de recatadas, pero en realidad son unas zorras...
La joven continuó chupándosela a Ted mientras masturbaba a Angus. Después fue la verga de Angus la que se metió en la boca mientras masturbaba la de Ted. Y así se las fue turnando durante un rato.

Ted y Angus, con sus vergas aún de fuera, empalmadas y cubiertas de la saliva de la chica, retrocedieron unos pasos.
– Vamos, nena –dijo Ted a la chica haciéndole una señal con la pistola –. Ponte un poco mas cómoda...
La joven captó el mensaje y, arrodillada en el centro de la cama, se despojó de la falda y la blusa, quedándose en un sexy conjunto de ropa interior rosa que también se quitó. La joven, vestida, era todo un regalo para la vista, pero desnuda era una auténtica diosa.
Los dos hombres también se quitaron la ropa militar negra que llevaban puesta y se quedaron con los pasamontañas como única indumentaria. Ambos eran tipos fuertes y de constitución atlética y musculosa. Su piel era blanca, pero estaba muy bronceada.
Ted fue el primero que se acercó a la chica. La agarró con fuerza y empezó a sobarla por todos lados; poniendo especial atención a sus tetas, bastante grandes para una chica de su edad, las cuales toqueteo y degustó todo lo que quiso. También la besó en los labios –puesto que el pasamontañas dejaba la boca al descubierto –y recorrió el cuello de la muchacha con su lengua.
Acto seguido, la tumbó sobre la cama boca arriba de forma atravesada y agarró con fuerza sus muslos, separando mucho sus piernas. La chica gimió cuando sintió la dura verga del tipo penetrándola y una larga sucesión de gemidos y jadeos se sucedieron inundando la habitación.
Ted soltó unas carcajadas mientras la embestía.
– Te lo dije, tío. A esta zorra ya la han estrenado...
Angus, mientras, había contemplado la escena masturbándose. Pero ya no podía mas y rodeó la cama hasta colocarse frente a la cabeza de la chica, la cual agarró con sus fuertes manos obligándola a chupársela de nuevo. Después alargó sus manos y empezó a acariciarle las tetas.
Tras un largo rato, le tocó el turno a Angus y, mientras este la embestía, Ted se subió a la cama para poder meter su verga entre las tetas de la joven y masturbarse con ellas.

Mas tarde, Ted obligó a la joven a colocarse boca abajo mientras él se ponía detrás de ella y agarraba con fuerza su culo con ambas manos. La chica abrió mucho los ojos y soltó un enorme alarido al sentir aquella cosa enorme y dura perforando su ano.
– Parece que de esta parte todavía era virgen –dijo Ted tras soltar unas fuertes carcajadas de nuevo. Luego miró a su socio –. No veas lo estrecho que lo tiene. Esto es un gustazo...
Angus, que contemplaba la escena al lado de su socio, sonrió de una forma diabólica y, tras esperar un rato, ya no pudo mas.
– ¡Yo también quiero! ¡Yo también quiero!
Ted le indicó que esperara un poco. Entonces sacó su verga del culo de la joven y la obligó a levantarse de la cama y se la entregó a su socio indicándole que la tuviera en todo momento sujeta y evitara que escapase. Luego se tumbó en la cama boca arriba y le indicó a Angus que le colocara a la chica encima. Angus le hizo caso, puso a la chica encima de él, sentándola sobre su verga. Después, se subió a la cama y se puso encima de la chica enculándola.
Los gemidos de la joven inundaron volvieron a inundar toda la habitación mientras los dos hombres la penetraban a la vez.

Todo terminó con la chica tumbada en la cama boca arriba, exhausta y con el cuerpo empapado en sudor. A ambos lados de la cama se encontraban de píe los dos hombres, también sudorosos, encañonando a la joven con sus duras y palpitantes vergas a punto de erupcionar.
Finalmente, ambas vergas estallaron casi a la vez cubriendo casi por completo a la joven de leche caliente.
También exhaustos, los dos hombres cayeron al suelo entre jadeos.
Ted se recostó en el enmoquetado suelo mientras Angus se ponían en píe trabajosamente y, tambaleándose, se encaminó hacia donde estaba su ropa tirada en el suelo.
– Has estado genial, preciosa... –dijo Ted entre jadeos mientras estaba tumbado en el suelo boca arriba con sus brazos en cruz –. Nos gustaría pasar mas tiempo contigo... pero tenemos que irnos ya... Y no te preocupes... que nos largaremos bien lejos... No nos queda otra... ahora que hemos añadido la violación a nuestra lista de delitos... Y pederastia también porque... ¿que edad tienes...? 15...16 años...
– En realidad, tengo 24 años... –sonó la voz de la joven –. Lo que pasa, es que aparento menos edad...
Ted frunció el ceño y giró la cabeza para mirar a la chica, encontrándose con un cañón apuntándole. Ni él ni Angus, que en esos momentos les daba la espalda mientras ponía del derecho sus pantalones para ponérselos, se habían percatado de que la joven había introducido disimuladamente una de sus manos debajo del almohadón y había sacado una pistola de dardos tranquilizantes que en todo momento había estado allí sin que ninguno se diera cuenta.
Ted trató de ponerse en píe a toda prisa, pero el arma vomitó un dardo que se clavó en su cuello. Angus se percató y se giró bruscamente, pero fue alcanzado por otro dardo antes de que pudiera reaccionar. La chica manejaba el arma con una agilidad y una puntería tremendas, como si de una profesional se tratara.
El narcótico actuó rápido y los dos hombres se desplomaron al instante. Antes de perder el conocimiento, Ted miró a la cama y lo último que pudo ver fue a la chica sentada en la cama, todavía desnuda y empapada en su semen, mirándole con una maliciosa sonrisa mientras fingía que soplaba el imaginario humo del cañón de su arma.

A la mañana siguiente, la policía, alertada por una llamada anónima, irrumpió en la casa y encontró a Ted y a Angus atados y amordazados en el suelo de aquel dormitorio. Los dos seguían desnudos y con los pasamontañas puestos. Su ropa había desaparecido, al igual que sus bolsas con todo lo que habían robado.
Cubiertos con unas mantas, los dos ladrones fueron sacados de la casa esposados y conducidos a uno de los coches patrulla ante la mirada de los vecinos y de los dueños de la casa, quienes acababan de regresar. Ted los miró, primero se fijó en el matrimonio, luego en los hijos pequeños – dos gemelos, chico y chica, de 10 años –y, después, en la hija mayor, una preciosidad rubia de 15 años que vestía con una falda blanca, una blusa rosa y llevaba sus dorados cabellos recogidos en dos coletas. Sin embargo, no su rostro era completamente diferente al de la chica que habían encontrado en el dormitorio.
“¡Maldita puta! –pensó mientras se maldecía para sus adentros.
Los dos fueron introducidos en el asiento de atrás del coche patrulla y uno de los policías, el que estaba al mando, se acercó al vehículo para hablar con ellos.
– Os espera una buena temporada a la sombra, muchachos –dijo sarcástico –. A menos que colaboréis y nos ayudéis a encontrar a vuestro socio traidor y recuperar los objetos robados.
Ted quiso decirle la verdad, pero sabía que nadie iba a creer esa historia. El policía, mientras, se inclinó para hablarles de una forma mas confidencial.
– No se que cerdada habréis hecho ahí arriba, pero me aseguraré de que se sepa en la cárcel; veréis que recibimiento os dan vuestros futuros compañeros.
Tras decir esto, volvió a incorporarse y dio unos golpes en el techo. El vehículo se puso en marcha y se alejó de la casa. En el asinto trasero, Angus giró la cabeza hacia Ted y lo fulminó con la mirada.
– Todo es por tu culpa, gilipollas –dijo en voz baja.
Ted no respondió y se limitó a quedarse completamente quieto con la mirada fija al frente. Sabía que su socio tenía razón.

Muy lejos de allí, en una carretera bastante solitaria, un coche se alejaba de la ciudad. Dentro de él iba aquella chica, aunque ya parecía menos una adolescente. Vestía con una camiseta nlanca sin mangas y unos ajustado vaqueros, llevaba puestas unas gafas de sol y sus rubios cabellos estaban sueltos. En el maletero llevaba las dos bolsas de viaje negras y en la guantera guardaba su pistola de dardos tranquilizantes y la pistola de Ted.
Mientras conducía, se encendió un cigarrillo y, tras dar una calada, sonrió de manera maliciosa. Pisó mas fuerte el acelarador y el coche se perdió en el paisaje por el que serpenteaba la carretera.




FIN